Aproximadamente la ocasión número 400 en la que mi novia me ayudaba a levantarme lentamente del sillón de la quimioterapia, me invadió una sensación espantosa. Se generó en mí la peor de las imágenes que se hubiera podido generar: pensé por un momento que la enferma era ella y yo quien la ayudaba a incorporarse. Lloré por dentro –mis glándulas lacrimales estaban inutilizadas por la resequedad-. Lloré por la inmensa alegría de que haya sido sólo una ilusión, y lloré por la gratitud ante quién quiera haya sido responsable por evitarme ese momento.
Anécdotas como la anterior escapan a la cotidianidad de nuestro acontecer regular, lo que me ha invitado a escribir algo a quienes han sido partícipes y protagonistas de mi tránsito por la enfermedad. Quiero hacerles llegar a las personas que me han acompañado durante toda esta adversidad, simples CONSIDERACIONES que se me han ocurrido. No quiero sonar como el típico articulista de Selecciones, quien suele decir cosas como “…entonces dejen de bromear tanto y pónganse a trabajar y métanse a la iglesia porque a mi me atropelló una ambulancia y sigo vivo, y como yo aprecio la vida que más que tú por haber atravesado esto, me encuentro en posición de juzgarte y decirte cómo seguirás tu vida…”; no quiero. Es común que las personas que se sienten bendecidas por su suerte asuman actitudes mesiánicas y se sientan en posición de dictar reglas de vida, bien sea porque vieron la luz, o porque el sufrimiento es conocimiento. Lo mío son puras y simples ganas de hacerle saber a la gente que me importa y que me ha demostrado importarle, lo que he aprendido y, con suerte, alguno aproveche lo que le sea útil o le parezca conveniente. Volviendo a lo que me ocupa.
Comenzaré por algo que caprichosamente y cual filósofo se me ha ocurrido llamar un cambio en mi percepción de la cotidianidad. El quehacer diario tiene la particularidad de transcurrir inadvertido en nuestros ajetreados mundos. Se da como una sencilla sucesión de eventos impregnados de la infinita particularidad que le adjudican nuestra ubicación, crianza, idiosincrasia, espiritualidad, humor, personalidad y otras doscientas millones de variables. Esta dinámica de vida transcurre sin que nos demos cuenta, por lo que encuentro desafiante en esta compilación de consideraciones -que hizo me retrasara en su hechura unos momentos más- llevar a sus lectores el interés necesario para detenerse a pensarlo. ¿Cómo transmito a mis cercanos el significado celestial de estornudar sin llorar del inmenso dolor? ¿Cómo añadirle importancia a la capacidad de poder tomar agua para calmar la sed, sin que ello signifique un dolor extremo en la garganta? Pensé entonces en contarles un poco mi historia, con la esperanza de que en ella encuentren alicientes para apreciar ese proceder diario y monótono, que por cierto no pienso ignorar jamás ni volver a llamar monótono. La enfermedad como tal transcurrió de manera generosa conmigo en comparación con otras variantes. Perderé el sentido del gusto por unos meses, vomito con frecuencia, padezco de alteraciones de la audición (pito en el oído), resequedad en algunas glándulas, decaimiento, hipersensibilidad en el área de la garganta y otras cosillas. Si alguno de Uds. penosamente ha tenido que convivir junto al cáncer, propio o de un familiar, sabrá que mi sintomatología es de niña malcriada, o lo que es lo mismo, ¡un carajo! La gente que acudía a las sesiones de Radio y Quimioterapia conmigo me veía con optimismo; siempre me sentí un poquito mal cuando llegaba caminandito tranquilamente, esquivando sillas de ruedas, quemaduras de tercer grado, afonía, cicatrices inmensas, ceguera y muchos otros daños importantes y limitantes. Es imposible verse inmerso en ese mundo y no concluir definitivamente que las personas como yo son afortunadas –bueno: es posible, pero increíblemente estúpido-.
Otro orden de ideas refiere a las circunstancias bajo las que aparece la enfermedad en mi vida. Lo más relevante es que me encontraba ideando cómo proponerle matrimonio a mi novia, en qué restaurante o en qué paraje paradisíaco. Imaginen tener que considerar la muerte en un momento como este; es devastador. Hoy, con expectativas de vida mayores al 90%, puedo disfrutar soñar despierto el momento de El Sí, el beso y el dineral que me va a costar en güisqui la graciosidad. ¿Cuántas circunstancias positivas, no? Siempre me he considerado un tipo escéptico pero, repito, sería estúpido no considerarme un tipo afortunado, las condiciones estaban dadas para que con un poquito de sacrificio y seguimiento riguroso del tratamiento saliera airoso y sano de la enfermedad. Después de hablarles de todo esto, quizás la pregunta más polémica es la siguiente ¿Debo molestarme con la vida por colocarme en ésta situación? Ó ¿Debo estar agradecido por lo que me está sucediendo? Estoy absolutamente convencido de que haber vivido esto, ha sido la experiencia más enriquecedora y favorable que me haya ocurrido en la vida. Suena tan absurdo, que probablemente piensen que me volví loco (más). Veamos qué es lo que me hace pensar así. Cuando pensé que había encontrado a la mujer con quien habría de pasar el resto de mis días por su gracia, inteligencia, belleza, talentos, humildad, sencillez, aplomo, sensibilidad y coraje; su apoyo irrestricto e inagotable durante este proceso me demostró que había conseguido a la mejor mujer para mí: había recibido el regalo de comprobar el amor de una persona hasta los límites más lejanos. Esto me da una tranquilidad y seguridad inusitada. Mi peor miedo, fracasar como familia, había sido despejado de mi horizonte: simplemente somos el equipo perfecto (pero ella es la estrella, claro está). Ella aguantó mis momentos más amargos, las respuestas más ácidas y la rabia peor orientada en ocasiones en las que mi mente no discernía quiénes estaban conmigo y quiénes no; simplemente recibió y recibió con amor todos mis berrinches, respiró profundo y siguió adelante, como si no le importara, como si no le doliera, como si no existiera nada más importante para ella que mi salud y nuestro futuro juntos. De ahora en adelante mi vida se convierte en una carrera hacia el hallazgo de la manera de brindarte la mayor suma de felicidad posible mi corazón. Dosis de amargura similares también atravesó mi madre, cuando las visitas para alimentarme y cuidarme se convirtieron en sesiones terapéuticas en las que reclamé hasta el día en el que me regañó por dejar el pantalón en el piso de mi cuarto. Fui muy duro con ella. Sin embargo, también tragó duro y me demostró que el amor puede más que cualquier otra fuerza. Te necesité y estuviste, te maltraté y lo ignoraste. Te amo mamá. Mi papá no sufrió dichos despliegues de ira, ausente por tener que jugar a ser chef, chofer, maestro, vendedor, gerente, facturador, almacenista, empaquetador y demás cumplimiento de tareas que permitieran que mi mamá me acompañara, además de producir el realero parejo para pagar todas las cuestiones antes que el seguro. Gracias papá y gracias hermanita Valen por venir a cuidarme y alimentarme y hacer de tripas corazón, porque sé que te cuesta mucho verme enfermito, te amo. Gracias Abraham por traerla y a Isa por las natillas. Todas las personas con las que creí que contaba me respondieron. Absolutamente todas. No existió una persona de la que haya recibido menos de lo que necesitaba. Incluso el vínculo entre muchos de nosotros se enriqueció más. En fin, lo más importante que heredé de ésta experiencia es la voluntad de darle el justo valor a la vida, de apreciar lo minúsculo, lo que damos por sentado. No dejemos que se salpique de cotidiano lo maravilloso del acontecer diario, ante nuestra incapacidad de justipreciarlo. Es mi consejo, cuenten conmigo hasta siempre. Gracias infinitas. José Alberto.